La cuenta había quedado sin saldar
desde julio del año pasado. En aquellos lejanos tiempos en
que las entradas se pagaban en táleros (*), los integrantes
de Música Ficta se instalaron muy frescos sobre el escenario
del 1ro. de Mayo, derramaron un montón de música entresacada
de los polvorientos intersticios de viejos castillos, y se
largaron muy risueños sin siquiera dar cuentas de su nombre
al público intrigado. Ya bastante enigma es la música, como
para que además sus secuaces se hagan de algún alias
misterioso.
Como la crítica les
dolió, volvieron. Pero esta vez mostraron sus documentos y
contaron la razón de su interés por aquella música otrora
considerada falsa, y que ellos -como sus antepasados- hacen
con toda sinceridad. Al fin y al cabo, la franqueza siempre
fue acorralada por "esa hipocresía llamada pudor, que
consiste en no decir sino raras veces lo que se piensa de
continuo". También en música.
Y yo procuro ser
sincero: difícilmente intente nunca escribir medulosamente
sobre quienes hacen música de verdad, sobre quienes ante todo
entienden a la música como un vínculo social. Música Ficta
no despierta al crítico: lo cautiva. Con su ingenuidad y su
frescura, abre una ventana a los tiempos de muros jamás
infranqueables para alguna enredadera enamorada. Viene de algún
castillo sin fantasmas eruditos, de esos que vomitan teorías
nunca vividas y jamás sentidas.
Casi todas las piezas
interpretadas carecen de autores conocidos. Extraño destino
el de tantas cosas buenas sembradas por el anónimo colectivo.
Quizás sea mejor así. Quizás sea mejor pensar que la música
no se crea sino que la descubre quien quiera escucharla.
Personalmente, me quedo, como el público -supongo-, con el
recuerdo de la limpia voz de Moira Santa Ana tintineando entre
los Arvolicos dïalmendra, la premonitoria rítmica raveleana
de la Razón an os diavos, la perfecta dimensión de la oceánica
vastedad romántica levitando en la voz de Pablo Ravachini
desde En la mar hay una torre, y los gérmenes traviesos del
folclore en gestación embarcados en la Lancha para bailar de
la que desembarcaron la Despedida.
Otros culpables fueron
Laura Wright, Alba Schoijet, Carlos Diener, y Rubén Soifer,
director del grupo. Ahora la cuenta está saldada. Pero igual
pueden volver, si Los Espejos conservan el brillo de su
imagen.
(*) Antigua moneda
alemana (Thaler), de la que deriva la palabra dólar.